Un poco de historia

De entre las personas trans e intersex que se reunieron a dialogar sobre información en salud para este proyecto, surgió el tema de la búsqueda de la identidad y de otras personas que estuvieran experimentando lo mismo que ellas en terminos de transitar de género.

¿Qué es ser hombre?   ¿Qué es ser mujer?  ¿Cómo te diste cuenta que eras hombre o mujer?   ¿A qué edad lo supiste?  ¿Alguien te lo dijo?  ¿Fue algo que elegiste?  ¿Lo sentiste?  ¿Te lo impusieron?   ¿Se puede existir sin ser hombre ni mujer?

Muchas preguntas, muchas respuestas, quizás tantas como personas hay en el mundo. Para hablar de identidad de género, primero es necesario hablar de género. El género es el conjunto de comportamientos y valores (incluso estéticos) asociados de manera arbitraria, en función del sexo que se le asigna a cada persona.  ¿De dónde surge el género, de dónde surge la clasificación por sexo, de dónde surge la división entre hombres y mujeres?

Sorprende la escasa recopilación histórica sobre el orígen de la división sexual binaria, o en dos sexos,  de la especie humana. Pareciera que fuera algo tan natural y dado desde siempre, que no merecería mayores cuestionamientos, sin embargo la revisión histórica evidencia que las cosas no siempre fueron como las conocemos hoy en día.

Según Thomas Laqueur, en su libro Making Sex o Construyendo el sexo, en la época de Aristóletes, se tenía una visión de la clasificación sexual distinta a la de hoy. El propio Aristóteles concebia la visión de un sólo sexo, el masculino, los hombres, siendo los organismos femeninos, seres impefectos o subdesarrollados que, por diferentes motivos, no alcanzaron la perfección del sexo masculino. La visión del unisexo o un sólo sexo, se mantuvo por varios siglos, junto al planteamiento de que tanto hombres como mujeres tenían los mismos genitales, sólo que los hombres los desarrollaban como se debía y las mujeres no, conservándolos en el interior de su cuerpo. Incluso el mismo Vesalio, padre de la anatomía médica, describía en sus libros con detallados dibujos las similitudes entre los órganos sexuales masculinos y femeninos.

No fue sino hasta el siglo XVIII  que este modelo cambió y se comenzó a mirar los genitales de hombres y mujeres, con el firme propósito de demostrar lo diferentes que son, generándose dos categorías sexuales o sexos (sexo binario) masculino y femenino.

La práctica de inscribir a las personas en un registro civil, comenzó en America Latina alrededor del 1870, derivada de la práctica de registrar los bautizos, matrimonios y defunciones que tenían las iglesias. Con el tiempo a este registro también se incorporó el registro de un sexo femenino o masculino.

El concepto de género, comenzó a ser acuñado en la primera mitad del siglo XX, debido a los cuestionamientos que surgieron de parte de mujeres como la antropóloga Margaret Mead o la filósofa Simone de Beauvoir, quienes demostraron que muchas de las características y roles asociados a las mujeres, no son producto de su sexo biológico o su genética, sino de cómo han sido educadas y socializadas. Simone de Beauvoir resume esta idea en la célebre frase: “No se nace mujer, se llega a serlo”.

El concepto de género aparace en las ciencias biológicas alrededor de 1950 introducido por el sexólogo John Money en Estados Unidos. Money lo utilizó para sus investigaciones con menores hermafroditas, como se les llamaba entonces a las personas cuyo sexo no podía ser clasificado en masculino o femenino, debido a que no presentaban genitales que se correspondieran totalmente con estos parámetros y a quienes Money comenzó a intervenir quirúrgicamente para que fueran clasificables en uno de estos dos sexos. Para Money el género era el componente social del sexo biológico y a partir del cual desarrolló terminos como rol de género e identidad de género, esta última descrita por Money como la afinidad y persistencia del individuo como hombre o mujer.

Money fue muy cercano al endocrinólogo Harry Benjamin, uno de los primeros médicos en tratar con hormonas sexuales artificiales a personas  que deseaban transformar su sexo masculino a femenino, denominadas transexuales por el mismo Benjamin.

En la segunda mitad del siglo xx, las intervenciones hormonales y quirúrgicas a transexuales se masificaron en norteamerica y europa, polarizándose el debate, principalmente a nivel médico, de si estas intervenciones eran éticamente correctas o sólo alimentaban los delirios de personas con trastornos mentales.

El debate sobre la patologización de la homosexualidad o considerar a la homosexualidad un trastorno mental, estaba en pleno desarrollo en esta época, hasta que finalmente la Asociación Psiquíatrica Americana (APA) la eliminó de su manual de trastornos mentales (DSM).

En 1980,  la tercera versión del manual de trastornos mentales (DSM – III) ingresó la transexualidad como un trastorno mental del desarrollo sexual. El travestismo también sería incorporado a este manual como un trastorno sexual, para describir un trastorno que afecta a hombres que gustan vestir con ropas destinadas para mujeres.

El modelo actual de sexo género de las sociedades occidentalizadas, es regido según los siguientes criterios:

Considerar arbritrariamente a los sujetos que no encajan en el modelo tradicional de sexo género como patológicos, ha generado una serie de repercusiones en estos sujetos, partiendo por la violencia simbólica que significa para un grupo humano ser considerado anormal o patológico, la marginación social, la discriminación y los crímenes de odio que se comenten contra estos sujetos. Si desde la autoridad de la medicina se construye a estos sujetos como anormales o patológicos esto se transforma en su realidad personal y social.

La implementación de los Derechos Humanos y la idea de igualdad de derechos para todas las personas, abrió la posibilidad de que grupos humanos que históricamente habían sido oprimidos en sus derechos y existencias, comenzaran a generar discursos políticos para defenderse de esas opresiones y denunciarlas como tales.

En el año 2007 fueron presentados en Naciones Unidas Los principios de Yogyakarta sobre la Aplicación del Derecho Internacional de Derechos Humanos a las Cuestiones de Orientación Sexual e Identidad de Género. El texto marca los estándares básicos para que las Naciones Unidas y los Estados avancen para garantizar las protecciones a los Derechos Humanos a las personas Lesbianas, Gays, Bisexuales y Trans.

Según los principios de Yogyakarta, la identidad de género se refiere a:

“…la vivencia interna e individual del género tal como cada persona la siente profundamente, la cual podría corresponder o no con el sexo asignado al momento del nacimiento, incluyendo la vivencia personal del cuerpo (que podría involucrar la modificación de la apariencia o la función corporal a través de medios médicos, quirúrgicos o de otra índole, siempre que la misma sea libremente escogida) y otras expresiones de género, incluyendo la vestimenta, el modo de hablar y los modales.”

Esta definición de identidad de género ofrece la posibilidad entender que el sexo o los genitales con nace una persona, no definen la identidad de la persona, quien puede querer denifirse como hombre, mujer u otra identidad independiente de los genitales o cromosmas que posea.

Los principios de Yogyakarta también definen la orientación sexual de las personas como:

“… la capacidad de cada persona de sentir una profunda atracción emocional, afectiva y sexual por personas de un género diferente al suyo, o de su mismo género, o de más de un género, así como a la capacidad mantener relaciones íntimas y sexuales con estas personas.”

Se hace definiciones distintas para identidad de género y para orientación sexual, ya que cada concepto representa una área diferente de la personalidad humana, no dependiendo la una de la otra y pudiendo combinarse de distintos modos en cada persona.

La libertad de decidir sobre el sexo, género y modificaciones corporales ha puesto en jaque al modelo de sexo género tradicional, evidenciando sus falencias y opresiones.

Términos creados en su momento para definir patologías como Homosexualismo, Transexualismo y Travestismo, han sido apropiados por los sujetos definidos en estas patologías, para crear comunidades o grupos con identidades, sentido de pertenencia y consciencia de la opresión que existe sobre ellos, incluida la patologización de sus prácticas y sentimientos respecto del sexo y el género.

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